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Mons. Castagna: Sin un corazón nuevo no hay cambio que valga

“Jesús vino a salvar al hombre, irreconocible por causa de sus increíbles deformaciones morales”, recuerda el arzobispo emérito de Corrientes, Mons. Domingo Castagna, en su semanal sugerencia para la homilía del próximo domingo. “Aplicamos remiendos a las famosas grietas sin posibilidad de cubrirlas, porque el remedio debe ir al núcleo del mal. Me refiero a la persona humana que, a causa del mal uso de su libertad, ha decidido hacer lo que no debía”.

En esa situación, el hombre, su responsable principal, se muestra incapaz de resolverla. Es como un enfermo en estado comatoso; sin el auxilio de una terapia aplicada por otro, su destino ineludible es la muerte. El “Otro” que necesita el hombre todo hombre es Dios. Es Quien acude al hombre necesitado, en el Misterio del Verbo encarnado, y causa su Redención”.

“La división es consecuencia inevitable del intento por sostener la verdad frente al error, al fraude y a la corrupción. La presencia de Cristo, la Verdad que viene de Dios para contrarrestar el error, responde a la dramática necesidad de redención que parece hacerse más urgente en este siglo. Cristo es la Verdad que el hombre necesita para encontrar su propia verdad y vivir en ella. De otra manera descenderá a los niveles más bajos de la hipocresía, sin saber servir y administrar la justicia, convirtiendo el cumplimiento de la Ley en una meta inalcanzable. Es doloroso comprobar que la desconfianza popular, referida al ejercicio de la justicia, se difunda como un peligroso reguero de pólvora”.

“El escándalo de la corrupción aflorado en la sociedad, del que somos sorprendidos espectadores apunta monseñor Castagna procede de un comportamiento que traiciona, hasta de forma obscena, la esencia de la fe en Cristo. El mejor servicio que se debe prestar al país consiste en reclamar coherencia entre fe (o principios éticos) y la vida cuando la moral pública llega a tales extremos de deterioro”.

Por último el arzobispo emérito de Corrientes afirma que “Sin un corazón nuevo no hay cambio que valga. Jesús vino a cambiar a la persona humana para que logre protagonizar una historia nueva. Ese cambio debe expresarse en el orden social, en la armonización de las instituciones que lo componen, en sus proyectos políticos y económicos, en la educación, en la ciencia. La familia es la primordial institución donde ese renovado protagonismo deba hacer sentir su influencia. Es la proveedora providencial de los hombres y mujeres que encarnen ese orden nuevo. El Evangelio es un manual imprescindible para reglamentar la vida personal y social de quienes creen en Cristo”.

Sugerencia para la homilía del domingo

1.- Dios, el auxilio necesario de los hombres. Jesús vino a salvar al hombre, irreconocible por causa de sus increíbles deformaciones morales. Saltan a la vista y deconciertan a quienes observan sus manifestaciones en la historia. Ya no se sabe qué hacer con sus despites e irresponsables marchas y contramarchas. Lo hemos afirmado muchas veces: aplicamos remiendos a las famosas grietas, sin posibilidad de cubrirlas saludablemente. El remedio debe ir al núcleo del mal. Me refiero a la persona humana que, a causa del mal uso de su libertad, ha decidido hacer lo que no debía. En esa situación – en la que el mundo actual está inmerso – el hombre, su responsable principal, se muestra incapaz de resolverla. Es como un enfermo en estado comatoso; sin el auxilio de una terapia aplicada por otro, su destino ineludible es la muerte. El “Otro” que necesita el hombre – todo hombre – es Dios. Es Quien acude al hombre necesitado, en el Misterio del Verbo encarnado, y causa su Redención. Lo recordamos cuando actualizamos sacramentalmente la Pascua, al celebrar la Eucaristía. En el diálogo con quienes lo seguían, con esperanza y cierta curiosidad, el Maestro es frontal, no edulcora la realidad amarga. Sus expresiones son directas y poco diplomáticas: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división”. (Lucas 12, 51)

2.- La división, consecuencia del antagonismo entre el bien y el mal. La división es consecuencia inevitable del intento por sostener la verdad frente al error, al fraude y a la corrupción. La presencia de Cristo, la Verdad que viene de Dios para contrarrestar el error – sistema de engaño y fraude instalado por el mismo hombre – responde a la dramática necesidad de redención que parece hacerse más urgente en este inaugurado siglo XXI. Las expresiones de Jesús son claras y no se prestan a ser interpretadas por el uso arbitrario de los ideólogos de turno. Cristo es la Verdad que el hombre necesita para encontrar su propia verdad y vivir en ella. De otra manera descenderá a los niveles más bajos de la hipocresía, sin saber servir y administrar la justicia, convitiéndo el cumplimiento de la Ley en una meta inalcanzable. Es doloroso comprobar que la desconfianza popular, referida al ejercicio de la justicia, se difunda como un peligroso reguero de pólvora. La misma democracia, como sistema político, es puesta en cuestión. El respeto por las instituciones es una característica esencial de la democracia. No ocurre lo mismo en toda forma de dictadura o de totalitarismo. La libertad ha sido el móvil de las gestas emancipadoras que desembocaron en la Independencia, cuyo bicentenario acabamos de celebrar. Bien lo entendieron nuestros proceres reunidos en Tucumán. Ahora debemos entenderlo nosotros y pensar nuestro futuro sacudiendo las toxinas acumuladas en décadas de irresponsables desencuentros.

*3.- “Este niño será.. signo de contradicción” *(Lucas 2, 34). Jesús, como lo pronosticó Simeón, “será signo de contradicción”:: denunciará el error, disipará las tinieblas, se opondrá a toda forma de corrupción y no tolerará el engaño y la hipocresía donde aparezca. Es urgente que se produzca un evangélico discernimiento, en poblaciones como la nuestra, en las que prevalece formalmente la fe cristiana. El escándalo de la corrupción aflorado en la sociedad, del que somos sorprendidos espectadores, procede de un comportamiento que traiciona, hasta de forma obscena, la esencia de la fe en Cristo. El mejor servicio que se debe prestar al país consiste en reclamar coherencia entre fe (o principios éticos) y vida – sin mirar para otro lado – cuando la moral pública llega a tales extremos de deterioro. Quienes deben ofrecerlo serán urgidos a superar escollos graves, tanto internos y personales como sociales. Existe más información que formación en el debate mediatizado, lo cual lleva a la falsa conclusión de que no se puede abjetivar el bien y el mal, ni delinear las márgenes entre la destreza verbal y el testimonio de una vida honesta, entre la política como servicio humilde y el uso indiscriminado del poder. Necesitamos salir de este cerco tramposo y recomponer el orden, hecho añicos en nuestra vida personal, familiar y ciudadana. Hay mucho talento desperdiciado, sin perspectiva social y exclusivamente concentrado en mezquinos proyectos personales y sectoriales.

4.- Sin un corazón nuevo no hay cambio que valga. Jesús vino a cambiar a la persona humana para que logre protagonizar una historia nueva. Ese cambio debe expresarse en el orden social, en la armonización de las instituciones que lo componen, en sus proyectos políticos y económicos, en la educación, en la ciencia y en la sana promoción del arte. La familia es la primordial institución, donde ese renovado protagonismo deba hacer sentir su influencia. Es la proveedora providencial de los hombres y mujeres que encarnen ese orden nuevo. Es un signo alarmante que se la reemplace por sustitutos negadores de su naturaleza o se la relativice legalizando su inestabilidad. Cristo se propone – a Sí mismo – como la Verdad a la que debe tender todo comportamiento humano. El Evangelio es un manual imprescindible para reglamentar la vida personal y social de quienes creen en Cristo

Fuente: AICA
Última modificación: 13 de agosto de 2016 a las 12:40
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